La coyuntura y el larguísimo corto plazo
Federico Braconi, propulsor del Centro mendocino de Estudios del humanismo económico ha elaborado este informe:Si nos dejáramos llevar por el momento que vive la economía argentina hubiéramos llamado a este informe “El crecimiento inédito”. Pero ya todos deberíamos haber aprendido que los indicadores que generalmente elevamos al carácter de sentenciadores lapidarios de nuestra realidad son meras señales de una dinámica mucho más compleja, profunda y abarcativa. Sin embargo, no es equivocado resaltar que estamos viviendo un crecimiento inédito. Y esta pizca de particularidad invita fácilmente a soñar con un definitivo alineamiento con la senda del desarrollo. Pero mejor detengámonos aquí y procedamos a analizar por qué decidimos cambiar el título y adjudicarle el mote de historia repetida a nuestro crecimiento.
Una mirada al variado set de indicadores económicos nos revelará que la economía argentina parece haber encontrado su senda de definitiva de “recuperación”. Este promovido momento lleva como puntal publicitario el elevado crecimiento anual vivido en los últimos tres años (a tasa promedio cercana al 9%). El aumento estruendoso de la actividad económica ha permitido una paulatina recuperación de los índices socioeconómicos más sensibles para nuestra sociedad: la pobreza y la indigencia disminuyen y se alejan de los desgarradores números de comienzos de 2002, mientras que el desempleo y el subempleo transitan el mismo camino descendente.
El carácter de excepcional de este impulso ascendente de la actividad económica lo proporciona la distribución alentadora de la igualdad macroeconómica: existen ahorro privado interno y ahorro público. Actualmente gozamos de una balanza comercial superavitaria producto de un fuerte crecimiento de las exportaciones gracias a un tipo de cambio nominal que se ha mantenido elevado merced a la intervención del BCRA en el mercado cambiario, el buen momento que transitan los precios internacionales de commodities (bienes exportables) y la reinserción del sector privado en los mercados internacionales de crédito.
El otro ahorro lo lleva adelante el Gobierno Nacional mediante un superávit fiscal primario que supera el 5% del PBI, un hecho pocas veces vivido en la historia argentina. Los ingresos públicos se han visto gratamente beneficiados por el aumento de la actividad económica (que eleva la recaudación de los impuestos a las ganancias y laborales), el fuerte crecimiento del consumo interno (IVA), la introducción de fuentes de financiamiento que aprovechan la coyuntura actual, tales como las retenciones a las exportaciones, y el mantenimiento de impuestos introducidos en épocas de emergencia económica tal como el impuesto a los créditos y débitos bancarios (impuesto al cheque). Este doble ahorro interno se convierte en un potencial propulsor para un crecimiento sustentable e implica recuperar importantes grados de libertad para realizar una política económica más agresiva y centrada en reformas estructurales largamente solicitadas por la ciudadanía: reforma política (definición de un rumbo nacional consentido y reforma administrativa), reforma impositiva (coparticipación y presión tributaria) y reforma social (mercado laboral y distribución del ingreso)
Este crecimiento inesperado convive con ciertos indicadores que han encendido una luz de alarma en el Gobierno Nacional y lo han llevado a tomarlos como los bacilos a vencer para instalar la sensación del triunfo definitivo y la ascensión a un nivel socioeconómico superior y largamente merecido: la inflación y la desigualdad.
La inflación se mantiene a una tasa promedio superior al 1% mensual. Frente a ello, el Gobierno se encuentra en frenéticas negociaciones (o enfrentamientos) con el extenso sector empresario a fin de controlar las “expectativas” y así ganar tiempo para implementar medidas ortodoxas. Por otro lado, el INDEC informó que creció la desigualdad en el país, lo que le valió la severa reprimenda del presidente y su ministra de economía que catalogaron al índice de medición como incorrecto, ya que no contemplaría el “esfuerzo” que realiza el Gobierno en materia distribucionista.
Aquí comienzan a prenderse las alarmas que nos llevaron a titular a esta nota “El cortísimo largo plazo. Historia repetida de nuestro crecimiento”. Cómo ya adelantamos, no son preocupaciones basadas en el comportamiento del índice de precios al consumidor o del coeficiente de Gini, sino que se fundan en la dinámica económica y política que se cierne en las entrañas de nuestro sistema social, y que pueden hacer de las condiciones más favorables para el desarrollo económico, instrumentos de un lamentable retroceso institucional.
Douglass North afirma en su obra, que le valió el Premio Nobel de Economía, que en el Tercer Mundo el marco institucional que determina la estructura básica de producción tiende a perpetuar el subdesarrollo debido a derechos de propiedad amenazados, incumplimiento de las leyes rectoras de la sociedad, barreras de entrada a los mercados y restricciones monopolísticas. Estas ineficiencias generan una reducción irrecuperable del horizonte temporal de acción de los agentes económicos, así como los incentivos de invertir en capital físico que implique un compromiso a largo plazo con el país o región en el que se encuentran.
La inversión en capital físico y humano, el desarrollo del comercio interno y externo, la explotación eficiente de los recursos naturales, la inversión en investigación y nuevas tecnologías—tanto por parte del sector privado, como del público—responden a percepciones favorables sobre el futuro y todo ello son factores relevantes en el proceso de desarrollo económico de un país. La inversión, el comercio y el cuidado del medio ambiente encuentran en el largo plazo la razón de su existencia en el presente.
De ello se deriva que los tres pilares en los que se traducen instituciones fuertes--derechos de propiedad eficientes, gobernabilidad y confianza--son elementos esenciales para robustecer procesos económicos que favorezcan el crecimiento equitativo y sostenido, es decir, un crecimiento de largo plazo. Así, la pregunta básica puede resumirse de la siguiente manera: ¿Es consistente el accionar del sistema político con este marco conceptual? Buscando la respuesta a semejante interrogante, terminé lanzando por el piso el concepto de crecimiento inédito y se afianzó la idea de que la visión de largo plazo inherente a nuestro país se supedita a los continuos intentos reeleccionarios y perpetuación en el poder de nuestras onerosas “figuritas políticas”.
Este miope y egoísta accionar cortoplacista del “mercado político” repercute en la calidad de nuestras instituciones, principales generadoras de señales y modeladoras de expectativas en los mercados económicos. A modo de ejemplo, vale describir algunas situaciones que grafican esa historia argentina recurrente de no ver más allá de hoy y mañana por la mañana; de concentrar poder en detrimento de la transparencia, la rendición de cuentas y el respeto a las leyes rectoras; de mancillar las instituciones en nombre de las instituciones; y de obnubilar hipócritamente a la sociedad vía el manejo sesgado de la información o de su lisa y llana omisión.
Un ejemplo cabal de esta situación es el manejo por parte del Gobierno Nacional de los superávit público y de cuenta corriente. Dijimos que este doble ahorro podría ser el motor de un crecimiento sustentable y el fortalecimiento institucional de nuestro país. Bueno… nada más lejano de la realidad.
El círculo vicioso que encierra el manejo del superávit público es alarmantemente preocupante. En diciembre de 2005, la bancada oficialista del Congreso (formada por los diputados y senadores triunfantes en las complejas elecciones de octubre de 2005, y por el grueso de los que supuestamente habían perdido, entre los que se encuentran duhaldistas, adolfistas, menemistas y radicales conversos) aprobó en poco menos de dos minutos, sin deliberación y con la ausencia del bloque opositor la prorroga de las leyes de emergencia económica que permiten al Poder Ejecutivo, entre otras cosas, manejar a discreción partidas sin asignación en la Ley de Presupuesto.
La recaudación y el gasto presupuestados y acordados por el Congreso se basan en estimaciones económicas muy por debajo de la que todo analista económico y el mismo Gobierno vociferan a todos los vientos. Así las partidas no asignadas crecen dramáticamente. ¿Para qué las usa el Gobierno? En mayor medida, para intercambiar con los gobiernos provinciales dinero público por apoyo incondicional a la gestión del Poder Ejecutivo. Nuestra tendencia a acaparar poder sin importar cómo. Malas señales para vender una imagen de país serio y estable.
Situación parecida vivimos en diciembre con “nuestras” reservas acumuladas en el BCRA como resultado del continuo superávit en la balanza de pagos. La mitad de ellas (cerca de 10.000 millones de dólares) fueron destinadas a la cancelación total de la deuda pública que mantenía el país con el FMI. La decisión fue tomada unilateralmente, decreto mediante, por el Poder Ejecutivo, sin deliberación, menos con consenso; carente de fundamentos más elevados que el esgrimido: “Nos sacamos al FMI de encima”. ¿Políticas económicas de largo plazo? No. Fuegos artificiales. Después, humo, puro humo (Cfr., “Kirchner y el pago de parte de la deuda”, Documento CIEC, Diciembre de 2005).
La carencia de una idea consentida de modelo de país es causa y efecto de un accionar limitado y mediático cuyo único objetivo se encuentra centrado en los resultados de las elecciones. Quienes se llaman fundadores de una nueva política (oficialistas u opositores), son los encargados estelares de mantener y robustecer los vicios eternos del esquema de clientelismo y amiguismo. ¿Reformas política, tributaria o social? No. Es mala palabra.
De esta manera, todas las decisiones políticas y económicas no tienen otro horizonte que el volátil corto plazo. Sin una misión rectora acordada, la política económica generalmente cae en una inconsistencia cíclica. El ejemplo para graficar este punto es la lucha del Gobierno contra la inflación. La estrategia es: controlar las expectativas vía convenios de precios y así ganar tiempo para aplicar medidas verdaderamente estructurales que terminen con el problema inflacionario.
Primera inconsistencia. El aumento de los precios internos es en parte consecuencia de la misma política económica del Gobierno de mantener un tipo de cambio nominal alto; ello obliga al BCRA (Banco Central) a intervenir constantemente, y con fuerza, en el mercado cambiario, comprando los excedentes de dólares mediante la emisión monetaria.
Segunda inconsistencia. Luego de “entregar” 10.000 millones de dólares al FMI, el Poder Ejecutivo se propuso como objetivo 2006 recuperar dicho monto, es decir, nos está informando que está dispuesto a seguir presionando sobre los precios internos vía más emisión de pesos por todo dólar excedente que abunde en el mercado ¿Cómo controlar las expectativas inflacionarias, si por el otro lado se las agita?
Ultima inconsistencia, tal vez la más alarmante. La cara estructural de la lucha contra la inflación debe ser desactivar la presión de demanda, mediante una mayor participación de la inversión en el PBI, es decir, generar las condiciones para un crecimiento sustentable. Lamentablemente, un aumento de los niveles de inversión (que madurarán en los próximos años) no se logra solamente con retoques al esquema impositivo. Se necesita un marco institucional fuerte y estable en el que se pueda vislumbrar un horizonte no de años, sino de décadas. Inconsistencia nunca solucionada. Historia recurrente de nuestro crecimiento económico.
Conclusión
Existe una sustancial diferencia entre recuperación económica, crecimiento económico y desarrollo económico. Más aun, las diferencias entre los dos últimos son muy importantes. El desarrollo implica más que un mero crecimiento, implica un crecimiento igualitario, comprehensivo. Esta es la prédica constante del CIEC y su Red de Centros del Humanismo Económico: la economía debe ser para todos, o no será. Y no es una cuestión solamente ética, de suyo importante, sino un tema económico básico. El desarrollo económico es crecimiento más un cambio, no sólo vía el progreso técnico, sino también como consecuencia del desarrollo y transformación de las normas e instituciones que rigen el desenvolvimiento de una sociedad. El desarrollo económico es sinónimo de largo plazo, es decir, trasciende a los hombres y a momentos coyunturales. Si no se entienden estas cabales diferencias, si nos abocamos a actuar en forma miope y cortoplacista en vez de optar por medidas estructurales, olvidémonos del desarrollo. Sigamos obnubilados con las recuperaciones y los crecimientos inéditos… hasta que nos alcance la próxima crisis. Instalar los pilares del Humanismo Económico es tarea sine qua non.
Federico Braconi, Licenciado en Economía por la Universidad Nacional de Cuyo, ha escrito diversos ensayos. En particular es autor del Capítulo CUYO del Plan Esperanza, elaborado conjuntamente con los Centros de Investigaciones Económicas y Sociales de San Juan y San Luis. (federico_braconi@yahoo.com.ar) (Este informe, supervisado por el Director del CIEC, Luis E. Di Marco es incluido en la edición de la revista INFORME ECONÓMICO CIEC, Año XXVII, Nos. 104/105, IV Trimestre 2005/I Trimestre 2006, Marzo de 2006).





