Red argentina de Centros de estudios interdisciplinarios sobre Humanidad y Economía. Promotores de cinco Encuentros mundiales desde 1991. Coordinado desde el Centro de Investigaciones Económicas de Córdoba, CIEC (http://www.fundacionciec.org.ar).

29 marzo, 2006

La coyuntura y el larguísimo corto plazo

Federico Braconi, propulsor del Centro mendocino de Estudios del humanismo económico ha elaborado este informe:

Si nos dejáramos llevar por el momento que vive la economía argentina hubiéramos llamado a este informe “El crecimiento inédito”. Pero ya todos deberíamos haber aprendido que los indicadores que generalmente elevamos al carácter de sentenciadores lapidarios de nuestra realidad son meras señales de una dinámica mucho más compleja, profunda y abarcativa. Sin embargo, no es equivocado resaltar que estamos viviendo un crecimiento inédito. Y esta pizca de particularidad invita fácilmente a soñar con un definitivo alineamiento con la senda del desarrollo. Pero mejor detengámonos aquí y procedamos a analizar por qué decidimos cambiar el título y adjudicarle el mote de historia repetida a nuestro crecimiento.

Una mirada al variado set de indicadores económicos nos revelará que la economía argentina parece haber encontrado su senda de definitiva de “recuperación”. Este promovido momento lleva como puntal publicitario el elevado crecimiento anual vivido en los últimos tres años (a tasa promedio cercana al 9%). El aumento estruendoso de la actividad económica ha permitido una paulatina recuperación de los índices socioeconómicos más sensibles para nuestra sociedad: la pobreza y la indigencia disminuyen y se alejan de los desgarradores números de comienzos de 2002, mientras que el desempleo y el subempleo transitan el mismo camino descendente.

El carácter de excepcional de este impulso ascendente de la actividad económica lo proporciona la distribución alentadora de la igualdad macroeconómica: existen ahorro privado interno y ahorro público. Actualmente gozamos de una balanza comercial superavitaria producto de un fuerte crecimiento de las exportaciones gracias a un tipo de cambio nominal que se ha mantenido elevado merced a la intervención del BCRA en el mercado cambiario, el buen momento que transitan los precios internacionales de commodities (bienes exportables) y la reinserción del sector privado en los mercados internacionales de crédito.

El otro ahorro lo lleva adelante el Gobierno Nacional mediante un superávit fiscal primario que supera el 5% del PBI, un hecho pocas veces vivido en la historia argentina. Los ingresos públicos se han visto gratamente beneficiados por el aumento de la actividad económica (que eleva la recaudación de los impuestos a las ganancias y laborales), el fuerte crecimiento del consumo interno (IVA), la introducción de fuentes de financiamiento que aprovechan la coyuntura actual, tales como las retenciones a las exportaciones, y el mantenimiento de impuestos introducidos en épocas de emergencia económica tal como el impuesto a los créditos y débitos bancarios (impuesto al cheque). Este doble ahorro interno se convierte en un potencial propulsor para un crecimiento sustentable e implica recuperar importantes grados de libertad para realizar una política económica más agresiva y centrada en reformas estructurales largamente solicitadas por la ciudadanía: reforma política (definición de un rumbo nacional consentido y reforma administrativa), reforma impositiva (coparticipación y presión tributaria) y reforma social (mercado laboral y distribución del ingreso)

Este crecimiento inesperado convive con ciertos indicadores que han encendido una luz de alarma en el Gobierno Nacional y lo han llevado a tomarlos como los bacilos a vencer para instalar la sensación del triunfo definitivo y la ascensión a un nivel socioeconómico superior y largamente merecido: la inflación y la desigualdad.

La inflación se mantiene a una tasa promedio superior al 1% mensual. Frente a ello, el Gobierno se encuentra en frenéticas negociaciones (o enfrentamientos) con el extenso sector empresario a fin de controlar las “expectativas” y así ganar tiempo para implementar medidas ortodoxas. Por otro lado, el INDEC informó que creció la desigualdad en el país, lo que le valió la severa reprimenda del presidente y su ministra de economía que catalogaron al índice de medición como incorrecto, ya que no contemplaría el “esfuerzo” que realiza el Gobierno en materia distribucionista.

Aquí comienzan a prenderse las alarmas que nos llevaron a titular a esta nota “El cortísimo largo plazo. Historia repetida de nuestro crecimiento”. Cómo ya adelantamos, no son preocupaciones basadas en el comportamiento del índice de precios al consumidor o del coeficiente de Gini, sino que se fundan en la dinámica económica y política que se cierne en las entrañas de nuestro sistema social, y que pueden hacer de las condiciones más favorables para el desarrollo económico, instrumentos de un lamentable retroceso institucional.

Douglass North afirma en su obra, que le valió el Premio Nobel de Economía, que en el Tercer Mundo el marco institucional que determina la estructura básica de producción tiende a perpetuar el subdesarrollo debido a derechos de propiedad amenazados, incumplimiento de las leyes rectoras de la sociedad, barreras de entrada a los mercados y restricciones monopolísticas. Estas ineficiencias generan una reducción irrecuperable del horizonte temporal de acción de los agentes económicos, así como los incentivos de invertir en capital físico que implique un compromiso a largo plazo con el país o región en el que se encuentran.

La inversión en capital físico y humano, el desarrollo del comercio interno y externo, la explotación eficiente de los recursos naturales, la inversión en investigación y nuevas tecnologías—tanto por parte del sector privado, como del público—responden a percepciones favorables sobre el futuro y todo ello son factores relevantes en el proceso de desarrollo económico de un país. La inversión, el comercio y el cuidado del medio ambiente encuentran en el largo plazo la razón de su existencia en el presente.

De ello se deriva que los tres pilares en los que se traducen instituciones fuertes--derechos de propiedad eficientes, gobernabilidad y confianza--son elementos esenciales para robustecer procesos económicos que favorezcan el crecimiento equitativo y sostenido, es decir, un crecimiento de largo plazo. Así, la pregunta básica puede resumirse de la siguiente manera: ¿Es consistente el accionar del sistema político con este marco conceptual? Buscando la respuesta a semejante interrogante, terminé lanzando por el piso el concepto de crecimiento inédito y se afianzó la idea de que la visión de largo plazo inherente a nuestro país se supedita a los continuos intentos reeleccionarios y perpetuación en el poder de nuestras onerosas “figuritas políticas”.

Este miope y egoísta accionar cortoplacista del “mercado político” repercute en la calidad de nuestras instituciones, principales generadoras de señales y modeladoras de expectativas en los mercados económicos. A modo de ejemplo, vale describir algunas situaciones que grafican esa historia argentina recurrente de no ver más allá de hoy y mañana por la mañana; de concentrar poder en detrimento de la transparencia, la rendición de cuentas y el respeto a las leyes rectoras; de mancillar las instituciones en nombre de las instituciones; y de obnubilar hipócritamente a la sociedad vía el manejo sesgado de la información o de su lisa y llana omisión.

Un ejemplo cabal de esta situación es el manejo por parte del Gobierno Nacional de los superávit público y de cuenta corriente. Dijimos que este doble ahorro podría ser el motor de un crecimiento sustentable y el fortalecimiento institucional de nuestro país. Bueno… nada más lejano de la realidad.

El círculo vicioso que encierra el manejo del superávit público es alarmantemente preocupante. En diciembre de 2005, la bancada oficialista del Congreso (formada por los diputados y senadores triunfantes en las complejas elecciones de octubre de 2005, y por el grueso de los que supuestamente habían perdido, entre los que se encuentran duhaldistas, adolfistas, menemistas y radicales conversos) aprobó en poco menos de dos minutos, sin deliberación y con la ausencia del bloque opositor la prorroga de las leyes de emergencia económica que permiten al Poder Ejecutivo, entre otras cosas, manejar a discreción partidas sin asignación en la Ley de Presupuesto.

La recaudación y el gasto presupuestados y acordados por el Congreso se basan en estimaciones económicas muy por debajo de la que todo analista económico y el mismo Gobierno vociferan a todos los vientos. Así las partidas no asignadas crecen dramáticamente. ¿Para qué las usa el Gobierno? En mayor medida, para intercambiar con los gobiernos provinciales dinero público por apoyo incondicional a la gestión del Poder Ejecutivo. Nuestra tendencia a acaparar poder sin importar cómo. Malas señales para vender una imagen de país serio y estable.

Situación parecida vivimos en diciembre con “nuestras” reservas acumuladas en el BCRA como resultado del continuo superávit en la balanza de pagos. La mitad de ellas (cerca de 10.000 millones de dólares) fueron destinadas a la cancelación total de la deuda pública que mantenía el país con el FMI. La decisión fue tomada unilateralmente, decreto mediante, por el Poder Ejecutivo, sin deliberación, menos con consenso; carente de fundamentos más elevados que el esgrimido: “Nos sacamos al FMI de encima”. ¿Políticas económicas de largo plazo? No. Fuegos artificiales. Después, humo, puro humo (Cfr., “Kirchner y el pago de parte de la deuda”, Documento CIEC, Diciembre de 2005).


La carencia de una idea consentida de modelo de país es causa y efecto de un accionar limitado y mediático cuyo único objetivo se encuentra centrado en los resultados de las elecciones. Quienes se llaman fundadores de una nueva política (oficialistas u opositores), son los encargados estelares de mantener y robustecer los vicios eternos del esquema de clientelismo y amiguismo. ¿Reformas política, tributaria o social? No. Es mala palabra.

De esta manera, todas las decisiones políticas y económicas no tienen otro horizonte que el volátil corto plazo. Sin una misión rectora acordada, la política económica generalmente cae en una inconsistencia cíclica. El ejemplo para graficar este punto es la lucha del Gobierno contra la inflación. La estrategia es: controlar las expectativas vía convenios de precios y así ganar tiempo para aplicar medidas verdaderamente estructurales que terminen con el problema inflacionario.

Primera inconsistencia. El aumento de los precios internos es en parte consecuencia de la misma política económica del Gobierno de mantener un tipo de cambio nominal alto; ello obliga al BCRA (Banco Central) a intervenir constantemente, y con fuerza, en el mercado cambiario, comprando los excedentes de dólares mediante la emisión monetaria.

Segunda inconsistencia. Luego de “entregar” 10.000 millones de dólares al FMI, el Poder Ejecutivo se propuso como objetivo 2006 recuperar dicho monto, es decir, nos está informando que está dispuesto a seguir presionando sobre los precios internos vía más emisión de pesos por todo dólar excedente que abunde en el mercado ¿Cómo controlar las expectativas inflacionarias, si por el otro lado se las agita?

Ultima inconsistencia, tal vez la más alarmante. La cara estructural de la lucha contra la inflación debe ser desactivar la presión de demanda, mediante una mayor participación de la inversión en el PBI, es decir, generar las condiciones para un crecimiento sustentable. Lamentablemente, un aumento de los niveles de inversión (que madurarán en los próximos años) no se logra solamente con retoques al esquema impositivo. Se necesita un marco institucional fuerte y estable en el que se pueda vislumbrar un horizonte no de años, sino de décadas. Inconsistencia nunca solucionada. Historia recurrente de nuestro crecimiento económico.

Conclusión
Existe una sustancial diferencia entre recuperación económica, crecimiento económico y desarrollo económico. Más aun, las diferencias entre los dos últimos son muy importantes. El desarrollo implica más que un mero crecimiento, implica un crecimiento igualitario, comprehensivo. Esta es la prédica constante del CIEC y su Red de Centros del Humanismo Económico: la economía debe ser para todos, o no será. Y no es una cuestión solamente ética, de suyo importante, sino un tema económico básico. El desarrollo económico es crecimiento más un cambio, no sólo vía el progreso técnico, sino también como consecuencia del desarrollo y transformación de las normas e instituciones que rigen el desenvolvimiento de una sociedad. El desarrollo económico es sinónimo de largo plazo, es decir, trasciende a los hombres y a momentos coyunturales. Si no se entienden estas cabales diferencias, si nos abocamos a actuar en forma miope y cortoplacista en vez de optar por medidas estructurales, olvidémonos del desarrollo. Sigamos obnubilados con las recuperaciones y los crecimientos inéditos… hasta que nos alcance la próxima crisis. Instalar los pilares del Humanismo Económico es tarea sine qua non.


Federico Braconi, Licenciado en Economía por la Universidad Nacional de Cuyo, ha escrito diversos ensayos. En particular es autor del Capítulo CUYO del Plan Esperanza, elaborado conjuntamente con los Centros de Investigaciones Económicas y Sociales de San Juan y San Luis. (
federico_braconi@yahoo.com.ar) (Este informe, supervisado por el Director del CIEC, Luis E. Di Marco es incluido en la edición de la revista INFORME ECONÓMICO CIEC, Año XXVII, Nos. 104/105, IV Trimestre 2005/I Trimestre 2006, Marzo de 2006).

23 marzo, 2006

24 de Marzo


Rosa Llugdar nos envía este poema, que cumple 25 años desde su primera publicación. Adherimos, así, al inmenso duelo de los familiares y amigos de nuestros desaparecidos.
EL LLANTO Y LA ESPERANZA

A mi hijo al cumplir hoy, el sexto aniversario de su secuestro (de su desaparición)


Dame la sal caliente de tu llanto
dame tu anochecida primavera
quiero vivir tu solitario espanto,
tu terca y pura soledad primera.

Dame las amapolas de tu encanto
dame todo el horror que conociste
- tu rabia silenciosa, tu secreto -
todo el mundo de sombra que viviste.

Dame el arcángel de tu negro cielo
- habitante del duelo y la esperanza -
dame tu triste hierro carcelario.

Entrégame tu sal y tu quebranto
porque quiero llegar hasta tu muro
y contigo morir, si es necesario.


SEBASTIAN LOPEZ

18 marzo, 2006

Vergüenza propia


En Argentina, uno de cada dos trabajadores es clandestino. Son casi cinco millones de personas. Las autoridades actuales explican esa ilegalidad argumentando que son conchabos estacionarios que predominan entre las pymes.

Los trabajadores en negro son los que cobran menores salarios. Se calcula en 317 pesos el promedio mensual: 40% menos que el de los formales). Además, no perciben aguinaldo, vacaciones, indemnización o asignaciones familiares. Quedaron afuera, en su mayoría, de los aumentos por decreto.

Sufren desatención sanitaria porque no tiene obras sociales y carecen de seguro contra accidentes. No tiene acceso al crédito por no figurar legalmente.

Para peor, los empleos en negro corresponden más que nada a niños y mujeres. Y muchos, inmigrantes desde países vecinos. Se agrupan en la construcción, el servicio doméstico y la actividad rural. Las provincias del noroeste contienen a más de la mitad de los explotados en nuestro País.
A pesar de que la economía (sobre todo, la de unos pocos) creció vigorosamente en el último año, la solución a este drama discriminante parece evadirse de los moldes típicos. ¿Habrá que aumentar la persecución a las pymes para que blanqueen a sus asalariados? ¿Será tiempo de reclamar a los gremios y organismos oficiales un compromiso más honesto con la realidad? No creemos que puedan surgir respuestas positivas en el contexto actual de extendida corrupción.

Habrá que imaginar un esquema previsional donde aportan los que más perciben. Que el Estado se haga cargo de la salud pública más eficaz a través de hospitales decentes. Quizá, sacudir de una buena vez el aparato gremial para dar representación a los de abajo.

Pero es cierto que si los destinos sociales siguen siendo capricho de los más fuertes, las cosas no van a cambiar para mejor. Hay que meter a la gente en todas las instancias de decisión. Sin participación, compromiso y control ciudadano no hay democracia que valga.

14 marzo, 2006

Mundo ideal vs. mundo material


"La culpa no la tiene el chancho, sino quien le da de comer", asegura con invicta sensatez el viejo dicho. Y su vigencia vuelve a verse ratificada cuando su sentido se aplica al mundo de la televisión.

Así comienza un texto reciente de Santiago Kovadloff que nos remitió Rubén Fiorini para publicar. Sigue de este modo:

Hace pocos meses, un directivo del la TF1, la principal cadena francesa,provocó un inesperado escándalo al declarar que "la función de la televisión es vender tiempo del cerebro humano a los anunciantes". Entre quienes lo criticaron con acritud figuran muchos de sus colegas.

Ellos le recordaron, más que molestos, que los buenos negocios exigen eficacia ydiscreción, antes que un brote puberil de franqueza. Tan francés como el ejecutivo de la TF1, aunque situado resueltamente en la orilla opuesta, es el politólogo François-Bernard Huyghe, quien se ha destacado como investigador en el área de los medios de comunicación masiva.

Huyendo de las fáciles tentaciones a que induce la confrontación maniquea, Huyghe sostiene que hay dos posicionamientos igualmente estériles en materia de televisión. Uno consiste en cerrar los ojos y hacer como si ella no existiera. El otro, en creer bovinamente que lo real se reduce a lo que muestra la pantalla. ¿Qué propone Huyghe? "En las escuelas, además de enseñar a leer y escribir, habría que enseñar a ver televisión".

Los términos que emplea el pensador son sencillos pero su idea es osada y compleja. El énfasis con que sugiere desarrollar esta nueva disciplina escolar acaso deje de parecer desmedido si se atiende al hecho de que ya son incontables los países donde ver televisión es, después de trabajar y dormir, la actividad a la que más tiempo dedica la mayoría de las personas. Enseñar a ver televisión puede querer decir muchas cosas. Una de ellas es aprender a poner al descubierto las intenciones de quienes, con éxito innegable, han persuadido a la gente de que sólo mirando la pantalla se accede a lo que pasa.

Herederos de los antiguos alquimistas, los anunciantes saben cómo transformar lo líquido en sólido, el vil metal en oro y lo prescindible en necesario. El homo videns de Sartori ha desplazado al ego cogito de Descartes. Niños auténticamente alfabetizados serían así, para François-BernardHuyghe, aquéllos que, además de aprender su idioma, fueran capaces, como televidentes, de cultivar el buen gusto y la lucidez crítica.

Aquéllos que pudieran reconocer, en lo que ven por televisión, a quienes los miran, es decir las intenciones con que se los convoca a dejarse ganar por las imágenes que desfilan por esa pantalla nunca tan bien caracterizada como"chica" como cuando se piensa en su irresponsabilidad educativa.

Puede que ya se lo sepa pero nada desaconseja repetirlo una vez más: el apego enfermizo a la televisión es una variable de la alienación imperante en buena parte de los hábitos públicos y privados de una época que nos acostumbró a dar por cierto que lo que sobra son personas y lo que falta son consumidores. "La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas".

A los que descreen de la juventud hay que advertirles que esta frase la elaboró un muchacho de veintiséis años. A quienes, por su parte, presumen que sólo es bueno lo que es nuevo, conviene recordarles que fue redactada hacia 1844. Su autor se llamaba Karl Marx.

Al querer hacer del arte de ver televisión una materia del proceso de educación básica, lo que Huyghe propone es extender los recursos de capacitación crítica a uno de los campos en los que hoy, junto con el de la computación, se concentra la mayor parte de la demanda social de información y entretenimiento y, por lo tanto, de las estrategias del poder empeñado en la manipulación de las voluntades.

A mediano y largo plazo, la caída libre en la enajenación subjetiva no podrá, en esta cuestión, ser revertida de otro modo.

08 marzo, 2006

Recomendamos
www.elcangrejogaviotero.blogspot.com

05 marzo, 2006

Boff, teólogo de la Liberación

Si existe un desafío esencial del ser humano en la actual etapa histórica, es salvar la ’casa común’, es decir la tierra. Eso significa, implícitamente, liberar al hombre de un sistema que, ’paradójicamente, ha creado todos los mecanismos para su autodestrucción’.

Así lo define con la simpleza del pedagogo y la claridad del militante, el teólogo brasileño Leonardo Boff. Explica: “Da la impresión que las fuerzas dominantes nos llevan a un caos sistémico. Lo grave es que el sistema ha desarrollado el principio de la auto-destrucción. Eso no existía antes en la humanidad.

Hay quienes bajo la hegemonía de la potencia militarista dominante quieren desarrollar una guerra infinita y para ello han montado una máquina de la muerte. Pero son cobardes, porque lo hacen contra los débiles como Irak o Afganistán. No lo pueden hacer contra China o Rusia porque eso sí sería el fin cercano de la humanidad.

De continuar el terror económico, que es la explotación mundial de los recursos de la tierra, vamos irremediablemente hacia una gran crisis del sistema. Un sistema que no logra hoy hegemonía por medio de la persuasión y de los argumentos. Y por eso tiene que usar la violencia militar, política, religiosa, ideológica, de los medios de comunicación, del cine, de la cultura, imponiendo su visión.

Nos confrontamos a una especie de «hamburguerización» de la cultura mundial, impulsada desde los Estados Unidos y desde occidente. Espero que no sigamos el destino de los dinosaurios, es decir que la especie humana pueda ser eliminada.

Claro que, ¡por suerte!, existen las fuerzas que vienen de abajo, que encuentran su caja de resonancia, por ejemplo, en el Foro Social Mundial . Es la sociedad civil mundial con sus movimientos y organizaciones, sectores importantes de partidos, iglesias, ONG, que piensan en otro mundo. Que afirman que no estamos condenados a esa monocultura de la dominación impuesta por el sistema vigente?

Es muy probable que nazca otro tipo de conciencia, primero, y que se fortalezca con prácticas y redes de articulación de los que sueñan y apuestan a utopías hasta plantear alternativas. Y este es el sentido de esta gran ola en movimiento. Nosotros no tenemos la hegemonía. Pero el sistema dominante tampoco la tiene. Hay una real crisis de hegemonía. Eso hace que este momento histórico sea de crisis pero no de tragedia. Depende de nosotros convertirlo en un salto cualitativo. Si no lo logramos, entonces sí será una tragedia muy peligrosa.

El ser humano no aprende nada de la historia. Aprende todo del sufrimiento. Todos estamos sufriendo mucho y recemos porque este padecimiento no sea en vano. Que sea el dolor del parto de una nueva forma de vida social planetaria.

A mi juicio, el tiempo de sembrar y de soñar está transitando su camino. En estos años hemos acumulado visiones, fortalecido redes. Y ahora pienso que hay que comenzar a dar pasos en lo concreto.

Sería importante llegar a dos o tres puntos de convergencia mundial, y ponerse a presionar, y actuar y vivir ya una alternativa.

Si no lo hacemos corremos el riesgo de que los foros sean encuentros muy interesantes, muy alegres, pero patinaremos sobre nosotros mismos. El riesgo es contentarse con esto que es muy bello pero insuficiente.

Nos puede pasar como al Vaticano, cuando el Papa ve la plaza de San Pedro totalmente llena y piensa que todos son católicos. Cuando en realidad una gran parte son turistas que llegan con programas de agencias de viaje para ver al Papa, no por fe sino por turismo. No se debe caer en ilusiones.

Pienso en dos puntos donde se puede llegar a consensos. El primero, el agua. Es uno de los aspectos clave de la humanidad. Sólo el 3 % de todo el agua es potable y de ese porcentaje sólo el 0,7 % es accesible al consumo humano. Y de ese mínimo, un 80 % va a la agroindustria y queda un escaso 20 % destinado a la conservación de la vida, las plantas, los animales.

Vamos hacia una gran crisis del agua que va a ser peor que la de los alimentos. Porque sin agua una persona en cinco días se deshidrata y muere...

Alrededor del agua hay que promover un pacto social mundial que no existe. Luchar de forma estrechamente articulada contra la privatización. Hay una corrida frenética de las transnacionales hacia la privatización, porque saben que quien controla el agua controla la vida y quien controla la vida tiene el poder.

Debemos impedir que el agua entre en el mercado como un producto más. Debemos confrontar al Banco Mundial, al Fondo Monetario Internacional, quienes piden la privatización de ese vital elemento como condición para asignar créditos a los países más débiles.

Tenemos que imitar a los indígenas bolivianos que hicieron correr a las transnacionales francesas.

El segundo punto es una enorme alianza contra la guerra. Atención: contra la guerra, no por la paz. A su manera Bush y Pinochet también quieren un tipo de paz. Hay que pronunciarse contra la violencia de la guerra como instrumento de «solución» de conflictos y de «orden». Imponer el diálogo diplomático a todo nivel; impulsarlo en la familia, en las comunidades, entre Estados. Evitar la violencia que es uno de los peores productos del patriarcado. Y entonces, promover el diálogo incansable, el intercambio, todo eso que favorezca a la cooperación y a la solidaridad, contra la competencia que es la lógica del sistema.

Esos son dos puntos donde todos podríamos estar a favor. Y ahí hay que militar. Hacer grandes manifestaciones. Presionar a los Estados, a las empresas, a los cuarteles. Denunciar todo lo que es militarismo. Abuchear a los militares donde aparecen.

Crear una nueva conciencia práctica de una humanidad que ensaya ya, en concreto, pasos en dirección de un paradigma nuevo de civilización.

La Teología de la Liberación sigue existiendo, está muy viva y es mundial. No son hoy muchas las teologías que tienen presencia en todos los continentes, tanto en el sur como en el norte. No trabaja con certezas sino con juicios prudenciales, pastorales, como se dice en el dialecto teológico.

A más de 30 años de distancia observamos como tres etapas. La primera generación enfatizó mucho en el pobre económico. Incorporamos una lectura crítica de la realidad con elementos del marxismo, por ejemplo, que nos ayudaron a comprender la estructura y funcionamiento de las clases. En el fondo, para comprender que el pobre no es un pobre, sino un empobrecido. Su pobreza es el resultado de mecanismos económicos.

La segunda generación, ha descubierto los diferentes rostros de la pobreza: el indígena, con un gran peso cultural sobre su espalda; el negro, con el trasfondo de siglos de esclavitud; las mujeres que sufren una cultura patriarcal desde hace casi 20 mil años. A partir de los 90, con la creciente alarma ecológica planetaria, muchos desarrollaron una eco-teología de la liberación.
Yo, particularmente, me empeñé mucho en esto y publiqué un libro programático, que se tradujo en varios idiomas, que se tituló: «Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres». Ahí se presenta un teología que ayuda a superar la agresión y opresión contra el ecosistema.

No se trata de una nueva dimensión sino especialmente de una nueva mirada sobre la totalidad, desde la tierra, desde la humanidad...Ver como la teología puede colaborar junto con otras fuerzas para que la humanidad sea más libre.

Porque tenemos sólo esta casa. No se puede mandar a los pobres a vivir a la Luna o a Marte. Tenemos que resolver aquí los problemas que son nuestros.

Hay grupos que luchan contra la pobreza concreta; otros están más en lo cultural y así diversos acentos. Esto muestra la vitalidad de la Teología de la Liberación. Otro punto a subrayar, la tercera generación, es mucho menos teórica que las anteriores, pero tal vez está más insertada en la pastoral. Diría que hacen la teología de la pequeña liberación, en lo cotidiano, desde las comunidades.

Desde el principio nuestra apuesta fue que una nueva sociedad es posible. Y que se trata de liberarnos de esta sociedad capitalista, neoliberal, que explota, en sus distintas variantes, desde hace siglos. Buscando una sociedad más integrada y humana. Algunos lo formulaban en el marco del socialismo. Nosotros, en Brasil, más en el marco de una democracia participativa, más radical, no solamente representativa. Estos parámetros siempre estuvieron presentes.

Lo que resolvimos en Porto Alegre es que nuestros encuentros seguirán al Foro Social Mundial.

Queremos pensar juntos con los demás sobre el futuro de la humanidad y también aportar elementos sobre nuestras tradiciones espirituales, éticas, que pueden completar la visión más global. No tenemos ninguna arrogancia ni pretensión de hegemonía.

Se puede decir que los cristianos en general tenemos el discurso de la liberación muy articulado, pero la práctica de la liberación son otros los que la hacen. Y nosotros queremos hacerla juntos. Hay que ser humildes, cooperativos, no apartarse de un movimiento global.

Finalmente y esencialmente, que sirva al pueblo. El pueblo es humilde, no tiene arrogancias ni tiene una visión imperial del mundo.

Quiere que se creen las condiciones mínimas para que cada uno pueda comer dos veces por día; tener su casita; mandar a sus hijos a la escuela; poder hacerlos atender cuando están enfermos.

La pequeña utopía de la dignidad mínima de los seres humanos de la cual hay que estar bien cerca.

01 marzo, 2006

Comentando a Canto Sáenz

Hugo J. Vogler, economista- jefe del CIEC, ha comentado los conceptos del profesor Canto Sáenz:

La globalización busca justificar la expansión planetaria del capital transnacional sobre la base de una nueva división internacional del trabajo; en ella, la vieja especialización de los países en la producción completa de bienes similares, es reemplazada por la especialización en la producción de partes y componentes que son utilizados para el ensamblaje final del producto en un tercer país. Este es el caso de México y numerosos países de América Latina que han convertido a las “maquilas” en el elemento central de la estrategia económica de sus gobiernos.
Tales países permiten a las empresas extranjeras importar partes para ser ensambladas por sus trabajadores, y el producto final es reexportado casi sin impuestos, gracias al “impulso liberalizador” del comercio internacional. Sin embargo, estas industrias no representan ningún beneficio para los países donde se instalan. El traslado de este tipo de industrias se ha producido fuertemente desde Estados Unidos hacia México, América Central y Asia, pero también desde Taiwán, Japón y Corea del Sur hacia el Sudeste asiático y hacia Latinoamérica, con miras a abastecer al mercado estadounidense.

El sueldo del trabajador de una maquila depende sólo de la producción que sea capaz de realizar; ello, en un salvajismo neoliberal que no respeta la condición humana, los derechos básicos como descansos, y menos aún la protección la de la salud ante accidentes o enfermedades. Las jornadas se extienden por más de 16 horas diarias, trabajando bajo la constante amenaza de quedarse sin empleo, debido a la gran cantidad de postulantes disponibles en los países “subdesarrollados”. Sin embargo, las maquilas cobran una creciente importancia en todo el continente.

En México, por ejemplo, una cuarta parte de la mano de obra industrial trabaja en las 4.079 plantas maquiladoras ubicadas ya no sólo en los estados fronterizos con Estados Unidos sino en el interior del país. El tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta)—vigente desde 1994—ha favorecido y potenciado la instalación de grandes transnacionales, tales como General Electric, AT&T, Ford Motor Co. y General Motors, a modo de ilustración.

La economía globalizada ofrece mano de obra abundante, joven y barata, pero además tiene todas las facilidades legales entregadas por los necesitados gobiernos de América Latina para promover la instalación de las añoradas empresas internacionales sin las mayores regulaciones locales que “pueda espantar la inversión extranjera”. Los países de América Latina en vez de educar y formar la mano de obra local, de proteger la producción nacional, de fomentar una industria de alto valor agregado por unidad producida, capaz de generar el desarrollo, cuidando la herencia cultural y social, ayudando a su emancipación económica y social, tienen su salida en un estado de pobreza y marginación permanente. Muchos países, en esta globalización, prefieren fomentar una industria como la maquiladora, que deja a los obreros en la pobreza y en la precariedad, que no genera relaciones positivas y fuertes con la industria local y en la que, meramente, ensambla insumos importados, produciendo manufacturas destinadas al extranjero.
La opción escogida por algunos países no parece capaz de inducir un desarrollo humano integral, que fomente mejoras no sólo en los índices macroeconómicos, sino también en los niveles de bienestar y, también, en el efectivo respeto de libertades y derechos de la población.

Es por ello que desde el CIEC y la Red de Centros del Humanismo Económico se promueve el Plan Esperanza cuya base es distinta: se trata de una nueva forma de organización de la vida económica, tanto a escala local como global. Es la actividad económica organizada para servir a un objetivo mayor, el auto desarrollo personal y colectivo. En suma, es una forma ética, reciproca y cooperativa de consumir, producir, intercambiar, financiar, comunicar, educar, desarrollarse, que promueve un nuevo modo de pensar, de vivir. El Humanismo Económico va más allá del mero economicismo y el Plan Esperanza recoge tal inquietud en una cosmovisión enaltecedora del hombre y la sociedad. Estamos seguros que la propuesta del Profesor Rodolfo Canto Sáenz está en la misma dirección; por eso nuestra solidaridad por su compromiso humano e intelectual.