Red argentina de Centros de estudios interdisciplinarios sobre Humanidad y Economía. Promotores de cinco Encuentros mundiales desde 1991. Coordinado desde el Centro de Investigaciones Económicas de Córdoba, CIEC (http://www.fundacionciec.org.ar).

14 marzo, 2006

Mundo ideal vs. mundo material


"La culpa no la tiene el chancho, sino quien le da de comer", asegura con invicta sensatez el viejo dicho. Y su vigencia vuelve a verse ratificada cuando su sentido se aplica al mundo de la televisión.

Así comienza un texto reciente de Santiago Kovadloff que nos remitió Rubén Fiorini para publicar. Sigue de este modo:

Hace pocos meses, un directivo del la TF1, la principal cadena francesa,provocó un inesperado escándalo al declarar que "la función de la televisión es vender tiempo del cerebro humano a los anunciantes". Entre quienes lo criticaron con acritud figuran muchos de sus colegas.

Ellos le recordaron, más que molestos, que los buenos negocios exigen eficacia ydiscreción, antes que un brote puberil de franqueza. Tan francés como el ejecutivo de la TF1, aunque situado resueltamente en la orilla opuesta, es el politólogo François-Bernard Huyghe, quien se ha destacado como investigador en el área de los medios de comunicación masiva.

Huyendo de las fáciles tentaciones a que induce la confrontación maniquea, Huyghe sostiene que hay dos posicionamientos igualmente estériles en materia de televisión. Uno consiste en cerrar los ojos y hacer como si ella no existiera. El otro, en creer bovinamente que lo real se reduce a lo que muestra la pantalla. ¿Qué propone Huyghe? "En las escuelas, además de enseñar a leer y escribir, habría que enseñar a ver televisión".

Los términos que emplea el pensador son sencillos pero su idea es osada y compleja. El énfasis con que sugiere desarrollar esta nueva disciplina escolar acaso deje de parecer desmedido si se atiende al hecho de que ya son incontables los países donde ver televisión es, después de trabajar y dormir, la actividad a la que más tiempo dedica la mayoría de las personas. Enseñar a ver televisión puede querer decir muchas cosas. Una de ellas es aprender a poner al descubierto las intenciones de quienes, con éxito innegable, han persuadido a la gente de que sólo mirando la pantalla se accede a lo que pasa.

Herederos de los antiguos alquimistas, los anunciantes saben cómo transformar lo líquido en sólido, el vil metal en oro y lo prescindible en necesario. El homo videns de Sartori ha desplazado al ego cogito de Descartes. Niños auténticamente alfabetizados serían así, para François-BernardHuyghe, aquéllos que, además de aprender su idioma, fueran capaces, como televidentes, de cultivar el buen gusto y la lucidez crítica.

Aquéllos que pudieran reconocer, en lo que ven por televisión, a quienes los miran, es decir las intenciones con que se los convoca a dejarse ganar por las imágenes que desfilan por esa pantalla nunca tan bien caracterizada como"chica" como cuando se piensa en su irresponsabilidad educativa.

Puede que ya se lo sepa pero nada desaconseja repetirlo una vez más: el apego enfermizo a la televisión es una variable de la alienación imperante en buena parte de los hábitos públicos y privados de una época que nos acostumbró a dar por cierto que lo que sobra son personas y lo que falta son consumidores. "La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas".

A los que descreen de la juventud hay que advertirles que esta frase la elaboró un muchacho de veintiséis años. A quienes, por su parte, presumen que sólo es bueno lo que es nuevo, conviene recordarles que fue redactada hacia 1844. Su autor se llamaba Karl Marx.

Al querer hacer del arte de ver televisión una materia del proceso de educación básica, lo que Huyghe propone es extender los recursos de capacitación crítica a uno de los campos en los que hoy, junto con el de la computación, se concentra la mayor parte de la demanda social de información y entretenimiento y, por lo tanto, de las estrategias del poder empeñado en la manipulación de las voluntades.

A mediano y largo plazo, la caída libre en la enajenación subjetiva no podrá, en esta cuestión, ser revertida de otro modo.