Pavarotti

Rodolfo H. Terragno, doctorado en Europa en Historia y Derecho en su exilio de los 70, redactó este pensamiento sobre el tenor recientemente fallecido.
Lo publicamos por admiración al senador argentino y porque pinta la angustia social en la que el Mundo desenvuelve nuestros días.
Corpus Christi en el Duomo de Módena, 1978. Un panadero canta con voz de tenor: “Pan de los Ángeles [que] se convierte en pan de los hombres”. Es la letra de Panis Angelicus, el himno que escribió Santo Tomás de Aquino.
Está celebrándose la Eucaristía con la Messe Solonelle de César Franck, un músico nacido en Lieja: allá donde, en el siglo 13, se instituyó la fiesta Corpus Christi.
El panadero, Fernando Pavarotti, es un virtuoso de la lírica; pero no canta solo: lo acompaña su hijo, Luciano.
Veintinueve años después, el cadáver de Luciano será velado en esa misma catedral, y un video de aquél dúo conmoverá a los asistentes.
Para entonces, los infieles del mundo entero habrán oído el himno de Santo Tomás, en la versión de Luciano y el inglés Sting (1992).
Sin embargo, al morir el tenor, una parte de la Iglesia se mostrará ingrata.
Ocurrió la semana pasada.
Un párroco modenese objetó que la catedral se abriera para rendir honores fúnebres a Pavarotti, un fiel que desunió lo que Dios había unido: en la capilla ardiente estarían Adua Veroni, su primera esposa; y Nicoletta Mantovani, la segunda.
El diario L’Osservatore Romano dijo que el muerto se había dejado raptar “por las sirenas del éxito popular”, e interpretado un repertorio ajeno a la lírica. Acre, el diario vaticano aseguró que Pavarotti inventó un “personaje” que le sirvió a “la máquina de los negocios para arrasarlo todo, música incluida”.
La jerarquía no quiso el enfrentamiento con el pueblo modenese y la opinión pública mundial. El arzobispo de Módena, Benito Cocchi, ofreció el responso. El Papa Benedicto XVI hizo que su secretario, el cardenal Tarcisio Bertone, enviara un telegrama laudatorio: “Luciano Pavarotti ha honrado el don divino de la música”.
Fue un reconocimiento módico.
El mundo de la lírica no se mostró más generoso.
Plácido Domingo, director general de la Ópera de los Ángeles, no viajó a Italia para los funerales: tenía que dirigir, explicó, el ensayo general de Requiem, de Verdi. En un conato de competencia post mortem, Domingo agregó: “Creo que la carrera de Luciano fue más grande porque yo estuve ahí, como rival y amigo. Y creo que mi carrera fue más grande porque él también estuvo ahí, como rival y amigo”.
A José Carreras, la muerte de Pavarotti lo sorprendió en Suecia. La noche anterior había ofrecido un concierto en Karistad. Pero tampoco él viajó a Módena y, en declaraciones al diario Karistad, dijo: “Debemos recordar a Pavarotti como el gran artista que fue: un hombre de extraordinario carisma". Y agregó: “Era un experto cocinero, muy buen amigo de sus amigos y un gran jugador de poker".
¿Habrían podido Domingo y Carreras (sobre todo Carreras) con los nueve do de pecho seguidos que exige La Hija del Regimiento, de Donizetti?
¿Habrían superado los tramos imposibles de Los Puritanos, de Bellini?
¿Habrían adquirido tanta fama, de no haber sido invitados a cantar, junto a Pavarotti, en estadios de fútbol?
El trío abrió la Copa del Mundo en las termas de Caracalla (1990), el Dodger Stadium (1994) y la torre Eiffel (1998). En 1994, fueron 1.200 millones de personas las que vieron el concierto a través de la televisión.
Pavarotti, por cierto, obtuvo réditos de ese truco: formar un conjunto de tenores; una banda que canta al aire libre.
Sin embargo, en el mundo de la pop opera –para usar el término acuñado por la revista Forbes— el italiano era un solista incomparable. En el Hyde Park de Londres, o el Central Park de Nueva York, multitudes se reunían a oírlo, como a un ídolo del rock.
Quizás por eso en su funeral, al que faltaron estrellas de la lírica, estuvo Bono, de U2.
Pavarotti no tuvo la rebeldía política de la banda irlandesa, pero su ayuda a refugiados y su “compromiso humanitario” hizo que, en el Duomo de Módena, estuviera también el ex Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Anan.
Bono, Anan, pudieron viajar.
Estuvieron allá con la mitad (literalmente) de la población de Módena: una ciudad industrial donde se fabrican, entre otras cosas, algunos de los más famosos autos deportivos del mundo: Ferrari, Maserati, Lamborghini, Bugatti.
El tenor vivió siempre como un modenese.
Nunca dejó de tomar el modesto vino Lambrusco, elaborado en Correggio, a 30 kilómetros de Módena.
En su departamento de Nueva York tenía un cuadro –encargado por él a Mario Venturelli—que le permitía contemplar el río Secchia, atravesando su ciudad natal.
Siempre que podía regresaba a encontrarse con sus amigos predilectos: los hechos antes de 1961, cuando se convirtió en tenor.
Su último retorno fue el definitivo. Pero Pavarotti seguirá luchando. Él, que comparaba la ópera con una corrida de toros (“no puedes cometer un solo error”) ahora no afrontará más riesgos. Desde los DVD, seguirá ganando corridas, como Enrico Caruso las ganó desde el gramófono.
Hace unos años, enfermo, Pavarotti cantó Aída en el Metropolitan de Nueva York. Nada complaciente, el New York Times lo describió como un triste Radamés: “Encorvado, inerte y buscando la ayuda de una silla o algún elemento del escenario para sentarse, abatido y triste, su Celeste Aida fue pobre”. No podía menos que serlo: el aria, que incluye tres si bemol agudos, es una de las más temidas por los tenores sanos.
El acto que sigue a Celeste Aida es Ritorna vincitor. Allí Aida repite las palabras que los egipcios destinan a Radamés, quien parte a luchar contra los etíopes.
Envidiado, criticado y –en su despedida de la vida—aislado por muchos que debieron estar a su lado, Pavarotti ritornerà vincitor en cada uno de sus discos.

