Red argentina de Centros de estudios interdisciplinarios sobre Humanidad y Economía. Promotores de cinco Encuentros mundiales desde 1991. Coordinado desde el Centro de Investigaciones Económicas de Córdoba, CIEC (http://www.fundacionciec.org.ar).

22 septiembre, 2007

Pavarotti


Rodolfo H. Terragno, doctorado en Europa en Historia y Derecho en su exilio de los 70, redactó este pensamiento sobre el tenor recientemente fallecido.
Lo publicamos por admiración al senador argentino y porque pinta la angustia social en la que el Mundo desenvuelve nuestros días.

Corpus Christi en el Duomo de Módena, 1978. Un panadero canta con voz de tenor: “Pan de los Ángeles [que] se convierte en pan de los hombres”. Es la letra de Panis Angelicus, el himno que escribió Santo Tomás de Aquino.
Está celebrándose la Eucaristía con la Messe Solonelle de César Franck, un músico nacido en Lieja: allá donde, en el siglo 13, se instituyó la fiesta Corpus Christi.
El panadero, Fernando Pavarotti, es un virtuoso de la lírica; pero no canta solo: lo acompaña su hijo, Luciano.
Veintinueve años después, el cadáver de Luciano será velado en esa misma catedral, y un video de aquél dúo conmoverá a los asistentes.
Para entonces, los infieles del mundo entero habrán oído el himno de Santo Tomás, en la versión de Luciano y el inglés Sting (1992).
Sin embargo, al morir el tenor, una parte de la Iglesia se mostrará ingrata.
Ocurrió la semana pasada.
Un párroco modenese objetó que la catedral se abriera para rendir honores fúnebres a Pavarotti, un fiel que desunió lo que Dios había unido: en la capilla ardiente estarían Adua Veroni, su primera esposa; y Nicoletta Mantovani, la segunda.
El diario L’Osservatore Romano dijo que el muerto se había dejado raptar “por las sirenas del éxito popular”, e interpretado un repertorio ajeno a la lírica. Acre, el diario vaticano aseguró que Pavarotti inventó un “personaje” que le sirvió a “la máquina de los negocios para arrasarlo todo, música incluida”.
La jerarquía no quiso el enfrentamiento con el pueblo modenese y la opinión pública mundial. El arzobispo de Módena, Benito Cocchi, ofreció el responso. El Papa Benedicto XVI hizo que su secretario, el cardenal Tarcisio Bertone, enviara un telegrama laudatorio: “Luciano Pavarotti ha honrado el don divino de la música”.
Fue un reconocimiento módico.
El mundo de la lírica no se mostró más generoso.
Plácido Domingo, director general de la Ópera de los Ángeles, no viajó a Italia para los funerales: tenía que dirigir, explicó, el ensayo general de Requiem, de Verdi. En un conato de competencia post mortem, Domingo agregó: “Creo que la carrera de Luciano fue más grande porque yo estuve ahí, como rival y amigo. Y creo que mi carrera fue más grande porque él también estuvo ahí, como rival y amigo”.
A José Carreras, la muerte de Pavarotti lo sorprendió en Suecia. La noche anterior había ofrecido un concierto en Karistad. Pero tampoco él viajó a Módena y, en declaraciones al diario Karistad, dijo: “Debemos recordar a Pavarotti como el gran artista que fue: un hombre de extraordinario carisma". Y agregó: “Era un experto cocinero, muy buen amigo de sus amigos y un gran jugador de poker".
¿Habrían podido Domingo y Carreras (sobre todo Carreras) con los nueve do de pecho seguidos que exige La Hija del Regimiento, de Donizetti?
¿Habrían superado los tramos imposibles de Los Puritanos, de Bellini?
¿Habrían adquirido tanta fama, de no haber sido invitados a cantar, junto a Pavarotti, en estadios de fútbol?
El trío abrió la Copa del Mundo en las termas de Caracalla (1990), el Dodger Stadium (1994) y la torre Eiffel (1998). En 1994, fueron 1.200 millones de personas las que vieron el concierto a través de la televisión.
Pavarotti, por cierto, obtuvo réditos de ese truco: formar un conjunto de tenores; una banda que canta al aire libre.
Sin embargo, en el mundo de la pop opera –para usar el término acuñado por la revista Forbes— el italiano era un solista incomparable. En el Hyde Park de Londres, o el Central Park de Nueva York, multitudes se reunían a oírlo, como a un ídolo del rock.
Quizás por eso en su funeral, al que faltaron estrellas de la lírica, estuvo Bono, de U2.
Pavarotti no tuvo la rebeldía política de la banda irlandesa, pero su ayuda a refugiados y su “compromiso humanitario” hizo que, en el Duomo de Módena, estuviera también el ex Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Anan.
Bono, Anan, pudieron viajar.
Estuvieron allá con la mitad (literalmente) de la población de Módena: una ciudad industrial donde se fabrican, entre otras cosas, algunos de los más famosos autos deportivos del mundo: Ferrari, Maserati, Lamborghini, Bugatti.
El tenor vivió siempre como un modenese.
Nunca dejó de tomar el modesto vino Lambrusco, elaborado en Correggio, a 30 kilómetros de Módena.
En su departamento de Nueva York tenía un cuadro –encargado por él a Mario Venturelli—que le permitía contemplar el río Secchia, atravesando su ciudad natal.
Siempre que podía regresaba a encontrarse con sus amigos predilectos: los hechos antes de 1961, cuando se convirtió en tenor.
Su último retorno fue el definitivo. Pero Pavarotti seguirá luchando. Él, que comparaba la ópera con una corrida de toros (“no puedes cometer un solo error”) ahora no afrontará más riesgos. Desde los DVD, seguirá ganando corridas, como Enrico Caruso las ganó desde el gramófono.
Hace unos años, enfermo, Pavarotti cantó Aída en el Metropolitan de Nueva York. Nada complaciente, el New York Times lo describió como un triste Radamés: “Encorvado, inerte y buscando la ayuda de una silla o algún elemento del escenario para sentarse, abatido y triste, su Celeste Aida fue pobre”. No podía menos que serlo: el aria, que incluye tres si bemol agudos, es una de las más temidas por los tenores sanos.
El acto que sigue a Celeste Aida es Ritorna vincitor. Allí Aida repite las palabras que los egipcios destinan a Radamés, quien parte a luchar contra los etíopes.
Envidiado, criticado y –en su despedida de la vida—aislado por muchos que debieron estar a su lado, Pavarotti ritornerà vincitor en cada uno de sus discos.

08 septiembre, 2007

Poder agrario: reflexiones de un historiador


Fernando del Corro ayudó a vivir atractivos momentos de la Jornada de Agosto. Docente de la FCE de la UBA, historiador y periodista (Télam), puede ser seguido en www.rebanadasderealidad.com.ar. Vale la pena.
Así escribe:

La reacción del sector agroexportador ante la política de subsidios, solventados con retenciones a la venta de soja, responde al criterio de aquél de apropiarse de la súper renta que generan otras políticas oficiales, como la del tipo de cambio alto que apunta a beneficiar a productores con mayor valor agregado.
En medio de una catarata de declaraciones de dirigentes ruralistas denostando la decisión oficial de apuntalar la capacidad de consumo de la población, y en particular de la de menores ingresos, el jefe de asesores del Palacio de Hacienda, Carlos Cleri, fue quien dio una respuesta.
Cleri, un viejo funcionario radical durante el gobierno de Raúl Alfonsín, recordó a los agropexportadores que la diferencia entre el tipo de cambio formal y el real, retenciones mediante, está dada por la política del Banco Central (BCRA) de sostener un dólar del orden de los 3,10 pesos.
Advirtió que de no suceder ello la paridad debiera rondar los 2,40 pesos, un valor similar al que queda como tipo de cambio real una vez liquidadas las retenciones. En resumen el sector agropexportador lo que pretende es apropiarse de una renta adicional que no es resultado de la realidad de los mercados, sino que se trata de una política de Estado.

Subsidios al campo
Tal como lo consignó el mismo funcionario no serán los sectores beneficiados con la nueva medida productores de otras variedades los únicos en recibir subsidios El costo de producción de la soja también está atenuado por el bajo precio del gasoil que en la Argentina tiene un diferencial frente a la nafta muy superior a la de casi todo el mundo. Diferencial que se explica como un subsidio a la producción agrícola y al transporte para abaratar costos para el conjunto de la población. Un subsidio que, de hecho, también se traslada a vehículos de uso personal, en muchos casos de propietarios rurales y que, en el vecino Brasil, por ejemplo, ante una situación análoga, determinó la prohibición de la venta de autos gasoleros.
Por otra parte, la política de aplicación de retenciones a ciertos tipos de exportaciones está ligada al superávit fiscal y a las políticas de desarrollo social y productivo que declara como inexcusables la administración nacional. Un tipo de cambio alto es clave para el sector manufacturero tanto como impulso a sus propias exportaciones cuanto como barrera pararancelaria. En ese sentido son importantes los esfuerzos del gobierno nacional y de algunas provincias como Buenos Aires y Santa Fe, para favorecer exportaciones con valor agregado generadoras de empleo y producto del desarrollo científico-tecnológico, como lo son, entre otras, el software o los reactores y satélites que produce el Invap.

Igual ganan
El sector sojero tiene asegurado un elevado precio para su producción para la nueva temporada habida cuenta que la demanda de los países compradores en particular China se mantiene firme y que el área sembrada en los Estados Unidos mermó considerablemente lo que provocará una menor oferta Así demanda firme y menor oferta garantizan buen precio.
El conflicto reproduce la resistencia del sector a participar de un proceso de desarrollo como ya ocurriera cada vez que algún gobierno ensayara el camino de crecimiento, desde la segunda mitad del siglo XIX cuando otros países de desarrollo capitalista tardío, como Alemania y Japón, descargaron en sus señores feudales, junkers y daimios, el peso de la industrialización.

Un siglo de disputas
El 1 º de mayo de 1923 los grandes terratenientes argentinos se horrorizaron cuando el presidente Marcelo Torcuato de Alvear dijo en la apertura de las sesiones parlamentarias que era bueno tener un agro poderoso pero que el país para desarrollarse en plenitud debía industrializarse aunque dependiera de materias primas importadas para parte de ello. El mismo Alvear debió crear el Frigorífico Nacional, luego denominado "Lisandro De la Torre", para resolver el espinoso problema de las carnes vacunas, como parte de sus cuatro leyes para regular la actividad. Todo, también, en una época en la que el peso se apreciaba, y no habiendo BCRA que interviniese (fundado en 1935), debió apelar a la aplicación de un cambio fijo.

De Perón a Alfonsín
También el gorilismo desatado contra la administración de Juan Domingo Perón 1946 1955 se relacionó en parte con la política económica de usar parte de la renta agraria para promover la industria para lo que se creó el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio Iapi que entre otras funciones garantizaba abastecer el mercado interno a precios accesibles para todos.
Otro que sufrió las iras ruralistas fue Alfonsín, duramente fustigado por Guillermo Alchourón, entonces presidente de la Sociedad Rural Argentina (SRA), y silbado e insultado por la concurrencia, en la inauguiración de la muestra ganadera anual de 1988. Curiosamente, por entonces, Alchourón era afiliado a la Unión Cívica Radical.
La SRA se había llevado el chasco dos décadas atrás con el presidente de facto Juan Carlos Onganía. El 14 de julio de 1966 éste había sido recibido en triunfo por los ruralistas entonces liderados por Faustino Fano. El dictador Onganía ese día llegó a la inauguración de la muestra en la misma carroza que había utilizado en su paso por la Argentina la infanta Isabel en 1910.
Unos meses después Onganía designó como ministro de Economía al desarrollista Adalbert Krieger Vasena. Este, como querían los ruralistas, aplicó una fuerte devaluación a la moneda nativa, pero la medida no llegó sola sino acompañada de otras varias como la toma casi todo el diferencial cambiario a los bancos y nada menos que de retenciones a los agroexportadores.

Fernando está más que orgulloso de un hijo que acumula doctorados. Estamos felices de conocerlo.