Automedicación

"El fracaso del liberalismo y otros ismos”. Así se titula la conferencia con la cual Rodolfo Terragno cerró el seminario “Los desencuentros de la libertad en América Latina”, organizado por la Universidad de Belgrano, el Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CEDAL) y la Fundación Friedrich Naumann, en la Capital.
Dijo el ex ministro de Obras y Servicios Públicos:
Así como la medicina es el arte de curar las enfermedades del cuerpo humano, la economía es (o debería ser) el arte de curar ciertas enfermedades del cuerpo social: las que afectan la producción y circulación de riquezas.
La medicina no trata del mismo modo cualquier enfermedad. A un diabético no se le puede dar la dieta de un anémico. Tampoco se puede tratar a todo enfermo de la misma manera, ignorando las diferencias de los organismos. La penicilina puede curar a un individuo y, en determinados casos, matar a quien sea alérgico a este antibiótico.
En los años 20 y 30, la economía mundial sufrió una enfermedad: la Gran Depresión, cuyos síntomas eran recesión, quiebras y desempleo masivo. Keynes analizó la etiología de esa enfermedad y la atribuyó a la falta de inversión. Si la inversión era insuficiente, se creaba desempleo, el desempleo reducía la demanda y, al haber menos demanda, la oferta se contraía. Para romper ese círculo vicioso, el Estado debía invertir; inventar empleos. Los nuevos salarios tonificarían la demanda y esto reactivaría la economía, creando empleos genuinos, en reemplazo de los artificiales.
El keynesianismo contribuyó a curar aquella enfermedad.
En los años 70, la economía mundial sufrió una enfermedad diferente: la Gran Inflación. Los países de la OPEP y las multinacionales petroleras se aliaron, formaron un cartel, y multiplicaron el precio del crudo. Eso, por un lado, disparó los costos industriales. Por otro lado, los países de la OPEP se vieron con una masa de petrodólares y los colocaron en los bancos occidentales, que tenían urgencia en prestar ese dinero imprevisto. Hubo una liquidez internacional inusitada, y la inflación fue tan grande que, en Estados Unidos, la prime rate llegó a 23. Para combatir la inflación, el neoliberalismo propuso enfriar las economías, contraer el gasto público, reducir el déficit fiscal mediante la privatización de empresas y crear un sector privado más amplio, para a! umentar la productividad.
El neoliberalismo contribuyó a curar la inflación.
¿Qué ha pasado entre nosotros?, se preguntó el titular de la Fundación Argentina Siglo XXI.
La Argentina es un país que se automedica.
Hay individuos que, cuando tienen ciertos síntomas, piensan que tienen “lo mismo” que tuvo un conocido. No saben que hay síndromes comunes a enfermedades distintas. Se hacen su propio diagnóstico y toman un remedio porque –según le han dicho—es milagroso. Si el diagnóstico es errado, o el individuo es alérgico a la droga, o la posología no es la adecuada, o existen efectos colaterales ignorados, la automedicación puede resultar desastrosa.
La Argentina, cuando sufre dificultades económicas, trata de ver qué país tiene o ha tenido “lo mismo”, y se apresura a tomar el “remedio” que surtió efecto en algún otro caso.
Eso cuando no cae en manos de curanderos económicos que venden un “curalotodo”, supuestamente capaz de curar el cáncer y la seborrea, la artritis y la impotencia.
Entonces un día estatizamos todo porque Europa estatizó. Y lo hacemos con la impericia propia del lego. No establecemos una fábrica estatal altamente eficiente, como lo fue la Renault en Francia.
Otro día, privatizamos todo porque Europa privatizó. Pero lo hacemos con fanatismo e irracionalidad. Yo viví siete años en la Inglaterra de Margaret Thatcher. Bueno, Thatcher privatizó el servicio de energía eléctrica, pero dejó fuera la energía de origen nuclear. Ella decía, que por razones estratégicas, únicamente la podía manejar el Estado. Y creó, en 1984, una empresa 100% estatal: la British Nuclear Fuels Limited (BNFL), que pasó a tener el monopolio para producir y transportar combustibles nucleares.
Para el thatcherismo, la privatización no fue una religión. Thatcher gobernó durante 12 años. Ningún otro Primer Ministro, en la historia del Reino Unido, ha gobernado por tanto tiempo. Tenía un fuerte respaldo popular: ganó, sucesivamente, tres elecciones generales. Durante su segundo y tercer período tuvo, además, mayoría propia en el Parlamento. Sin embargo, en más de una década de poder casi absoluto, Thatcher no privatizó los ferrocarriles. Ni el correo. Ni el Servicio Nacional de Salud. Luego vino el gobierno de John Major, y luego llegó al poder el laborismo. Pero no se produjo un giro de 180°, y es raro que en Europa se produzcan giros de 180°.
En Europa no se vive diciendo: “el proteccionismo fracasó”, “el estatismo fracasó”, “el neoliberalismo fracasó”.
Se entiende que ciertos remedios son para utilizar en el momento oportuno, de la manera adecuada, y por el tiempo necesario.
Esto no significa que no haya diferencias de criterios para evaluar el funcionamiento normal de la economía.
Hay diferencias en cuanto al grado de intervención del Estado, o a los alcances de la regulación de la actividad privada. Hay, también, diferencias en cuanto a la fijación de umbrales a partir de los cuales la inflación, el déficit fiscal o el déficit comercial constituyen un problema. Hay diferencias, por último, en cuanto a la forma y extensión en la que debe distribuirse la riqueza.
No es lo mismo un liberal, un democristiano o un socialdemócrata.
Pero todos ellos entienden que la economía tiene ciclos, que los problemas que presenta varían, y que en caso de crisis, los remedios deben adecuarse a sus causas.
También entienden que hasta el mejor remedio puede ser ineficaz si se lo emplea mal.
En la Argentina podríamos imitar ese comportamiento y decir:
· El proteccionismo permitió desarrollar una industria liviana, que no se habría desarrollado sin un mercado cautivo. Pero el proteccionismo no fue desmantelado a tiempo, para forzar aumentos de productividad y hacer que la industria argentina fuera competitiva, por sí, y no por la distorsión cambiaria que provocan los aranceles.
· El neoliberalismo permitió eliminar el déficit estructural, que no se habría eliminado de haber permanecido el obsoleto aparato industrial del Estado. Pero el neoliberalismo no comprendió que, a partir de allí, debía formarse una sociedad Estado-sector privado, para desarrollar nuevas ventajas competitivas e irrumpir en el mercado mundial con productos de alto valor agregado.
Esta es una actitud pragmática, en el buen sentido de la palabra. El pragmatismo no implica agnosticismo político. Consiste en entender que, como lo enseñó Ferdinand Schiller, frente a problemas específicos, la verdad es mutable.

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