Red argentina de Centros de estudios interdisciplinarios sobre Humanidad y Economía. Promotores de cinco Encuentros mundiales desde 1991. Coordinado desde el Centro de Investigaciones Económicas de Córdoba, CIEC (http://www.fundacionciec.org.ar).

14 junio, 2008

¿CUÁNTO PETRÓLEO QUEDA EN EL MUNDO?


Esta pregunta despierta periódicamente sumo interés, y más aún cuando una crisis como la guerra desatada por Estados Unidos contra Iraq resalta a diario en los medios de comunicación.
En 2002 quedaban en el mundo entre 990 mil millones y 1,1 billones de barriles de crudo por extraer. Esto significa que al ritmo actual de consumo mundial, estas reservas se agotarían hacia el año 2043, fecha que podría ser más cercana si el consumo de energía aumentara, como se prevé que ocurra por parte de las naciones en vías de desarrollo.
Sin embargo, estas previsiones no incluyen el hallazgo de nuevos pozos o la posibilidad de extraer oro negro de zonas que son consideradas reservas naturales y, por lo tanto, no se permiten perforar. La dependencia del petróleo queda así patente con el siguiente dato: en 1880, la producción mundial, localizada casi por completo en Estados Unidos, era inferior al millón de toneladas; hoy, la producción supera los tres mil 500 millones de toneladas.
Es importante destacar que las tres zonas que concentran la producción mundial son el Medio Oriente, la antigua Unión Soviética y Estados Unidos, donde cerca del 70 por ciento del crudo del orbe procede de ellas. Es indudable que la más importante es la del Medio Oriente, que reúne las condiciones óptimas para la explotación de este hidrocarburo: abundancia de domos salinos que crean grandes bolsas de petróleo, una inmejorable ubicación geográfica —su inigualable situación costera— y una orografía que facilita la construcción de canalizaciones que permiten el transporte hasta los puertos del crudo, para ser distribuido desde allí.
Arabia Saudita es el mayor productor del mundo con casi el 12 por ciento de la producción total, mientras que el caso de Estados Unidos es sui generis: pese a beneficiarse de una producción muy alta, ésta resulta insuficiente para satisfacer su consumo interno, por lo que se ve obligado a importar petróleo.
La tercera zona (de discordia) son los territorios que formaban la antigua URSS, que extraen suficiente hidrocarburo para cubrir sus necesidades, e incluso, para exportarlo. Sin embargo, no hay que olvidarse de otros países claves en el mapa del oro negro: Venezuela, México y China. Cada uno aporta casi el cinco por ciento de la producción mundial.
La razón del alza de los precios hay que buscarla en el tradicional juego de la oferta y la demanda. Al tratarse de una energía agotable cuyo consumo es más intensivo en momentos de boom económico, la demanda presiona sobre la oferta y se alzan los precios. A la ley del mercado hay que añadir la presión de las naciones miembros de la OPEP, que reducen o aumentan la producción de crudo según sus intereses. Y para complicar más la comprensión del mercado de este combustible, deviene fundamental seguir de cerca la fluctuación del dólar: en esta moneda cotiza el crudo y con ella se expresa el valor del barril.
Así las cosas, y pese a la reciente alza, Washington anunció que no recurrirá a su reserva estratégica para estabilizar los precios. Por tanto, continuará la filosofía de la expansión, extorsión y ocupación de territorios ricos en reservas de petróleo y de otros minerales en el mundo o, lo que es igual, la carrera armamentista de Estados Unidos y sus aliados, y se agudizará aún más la situación de hambre y pobreza de millones de seres humanos, quienes aguardan no por el oro apócrifo de un rey Midas, sino por una política más sabia y consecuente hacia el oro negro de la supervivencia.
Este texto pertenece a la periodista venezolana Astrid Barnet.

06 junio, 2008

La crisis. (¿El caos?)


Luis Eugenio Di Marco ha respondido con el texto que sigue a la preocupación del momento:
Cuando hace tres meses se instaló lo que se ha dado en llamar “el problema del campo”, nadie podía imaginar las duras consecuencias del conflicto. El tema es más que una mera disputa que ha trascendido a muchas esferas institucionales —preocupa internacionalmente— y complica la realidad de la economía como un todo.
Desde la tribuna oficial se habla de una deseable redistribución de ingresos. Entonces, bien puede intentarse una reforma tributaria desde la implementación de impuestos directos—que, tal los postulados del Humanismo Económico, promueven equidad, sino también para atender los preceptos constitucionales de federalismo. En esta materia existe una notoria confusión conceptual de la Administración nacional. Por cierto, muchas de estas posibilidades de cambio deben hacerse con el Congreso de la Nación.
Más allá de las razones que pueda tener el Gobierno para no aceptar sus errores—subestimación del financiamiento para sostener los llamados “planes sociales”, el mantenimiento del tipo de cambio, los diferentes subsidios a empresas públicas y privada- se está señalando que el esquema actual implica equilibrio con subsidios directos, y ello sobrevalúa el equilibrio macroeconómico. Al hacer permisible la inflación—posibilitado por mercados subsidiados—, complica la ecuación social.
La experiencia de la política económica muestra que los instrumentos fiscales son mucho más efectivos que los monetarios (como el señalado cambio en la estructura tributaria, sesgada hacia los tributos directos). El mundo globalizado enseña sus propios desequilibrios (como el alza del precio del petróleo) y entonces se impone atender los desbalances en los mercados de bienes y servicios mediante una adecuada política de precios, con instrumentos fiscales capaces de mantener una economía estable.
En suma, junto a razonables negociaciones intersectoriales se imponen fuertes dosis de cordura para que prive la convivencia. Buscar la propia salvación—y esto lo decimos por la preocupación de instituciones como la Iglesia Católica que ha hecho un llamado desde el Vaticano—no parece ser un ancla que salve a la Nación como un todo. Por eso se deben hacer todas las reuniones que procuren un acuerdo entre las partes.