Red argentina de Centros de estudios interdisciplinarios sobre Humanidad y Economía. Promotores de cinco Encuentros mundiales desde 1991. Coordinado desde el Centro de Investigaciones Económicas de Córdoba, CIEC (http://www.fundacionciec.org.ar).

01 marzo, 2006

Comentando a Canto Sáenz

Hugo J. Vogler, economista- jefe del CIEC, ha comentado los conceptos del profesor Canto Sáenz:

La globalización busca justificar la expansión planetaria del capital transnacional sobre la base de una nueva división internacional del trabajo; en ella, la vieja especialización de los países en la producción completa de bienes similares, es reemplazada por la especialización en la producción de partes y componentes que son utilizados para el ensamblaje final del producto en un tercer país. Este es el caso de México y numerosos países de América Latina que han convertido a las “maquilas” en el elemento central de la estrategia económica de sus gobiernos.
Tales países permiten a las empresas extranjeras importar partes para ser ensambladas por sus trabajadores, y el producto final es reexportado casi sin impuestos, gracias al “impulso liberalizador” del comercio internacional. Sin embargo, estas industrias no representan ningún beneficio para los países donde se instalan. El traslado de este tipo de industrias se ha producido fuertemente desde Estados Unidos hacia México, América Central y Asia, pero también desde Taiwán, Japón y Corea del Sur hacia el Sudeste asiático y hacia Latinoamérica, con miras a abastecer al mercado estadounidense.

El sueldo del trabajador de una maquila depende sólo de la producción que sea capaz de realizar; ello, en un salvajismo neoliberal que no respeta la condición humana, los derechos básicos como descansos, y menos aún la protección la de la salud ante accidentes o enfermedades. Las jornadas se extienden por más de 16 horas diarias, trabajando bajo la constante amenaza de quedarse sin empleo, debido a la gran cantidad de postulantes disponibles en los países “subdesarrollados”. Sin embargo, las maquilas cobran una creciente importancia en todo el continente.

En México, por ejemplo, una cuarta parte de la mano de obra industrial trabaja en las 4.079 plantas maquiladoras ubicadas ya no sólo en los estados fronterizos con Estados Unidos sino en el interior del país. El tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta)—vigente desde 1994—ha favorecido y potenciado la instalación de grandes transnacionales, tales como General Electric, AT&T, Ford Motor Co. y General Motors, a modo de ilustración.

La economía globalizada ofrece mano de obra abundante, joven y barata, pero además tiene todas las facilidades legales entregadas por los necesitados gobiernos de América Latina para promover la instalación de las añoradas empresas internacionales sin las mayores regulaciones locales que “pueda espantar la inversión extranjera”. Los países de América Latina en vez de educar y formar la mano de obra local, de proteger la producción nacional, de fomentar una industria de alto valor agregado por unidad producida, capaz de generar el desarrollo, cuidando la herencia cultural y social, ayudando a su emancipación económica y social, tienen su salida en un estado de pobreza y marginación permanente. Muchos países, en esta globalización, prefieren fomentar una industria como la maquiladora, que deja a los obreros en la pobreza y en la precariedad, que no genera relaciones positivas y fuertes con la industria local y en la que, meramente, ensambla insumos importados, produciendo manufacturas destinadas al extranjero.
La opción escogida por algunos países no parece capaz de inducir un desarrollo humano integral, que fomente mejoras no sólo en los índices macroeconómicos, sino también en los niveles de bienestar y, también, en el efectivo respeto de libertades y derechos de la población.

Es por ello que desde el CIEC y la Red de Centros del Humanismo Económico se promueve el Plan Esperanza cuya base es distinta: se trata de una nueva forma de organización de la vida económica, tanto a escala local como global. Es la actividad económica organizada para servir a un objetivo mayor, el auto desarrollo personal y colectivo. En suma, es una forma ética, reciproca y cooperativa de consumir, producir, intercambiar, financiar, comunicar, educar, desarrollarse, que promueve un nuevo modo de pensar, de vivir. El Humanismo Económico va más allá del mero economicismo y el Plan Esperanza recoge tal inquietud en una cosmovisión enaltecedora del hombre y la sociedad. Estamos seguros que la propuesta del Profesor Rodolfo Canto Sáenz está en la misma dirección; por eso nuestra solidaridad por su compromiso humano e intelectual.